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viernes, 3 de abril de 2015

Héctor Velarde: Leyes naturales

Para aquellos que nos quedamos en casa descansando, qué mejor que una lectura relajada y quizás cercana a la realidad:

LEYES NATURALES

Héctor Velarde

La selección es una ley, una purga. Elimina lo malo, limpia la especie y nos asegura el porvenir.

Hay dos clases de selección: la selección natural y la selección artificial. La ciencia tiene a veces estas clasificaciones ingenuas.

La selección natural es la darwiniana. Los climas imposibles, las bestias feroces, los insectos terribles y la hambruna continua, practican en este caso la depuración y limpieza de la especie.

Cuando no hay climas imposibles, bestias feroces, insectos terribles y hambruna constante, la selección es fatalmente artificial y practicada por el mismo género humano por medio de guerras, leyes y costumbres.

Ejemplo de selección artificial: Lima.

¿Cómo se practica esta selección en nuestra blanda Lima?

En los niños. Una vez al año. Los días de santo.

Es muy sencillo.

Totito cumple hoy, ocho años. Ayer se le dio magnesia para que tuviera el estómago limpio, ha pasado una noche agitadísima y se le ha vestido con su mejor traje, que, por ser del santo anterior y haber Totito crecido mucho, le queda naturalmente corto. Totito, debilitado por la magnesia y la mala noche, lavado, enjabonado como nunca, casi desnudo porque el pantaloncito de terciopelo no le baja de la ingle, saliendo cada minuto a la puerta de calle, espera febrilmente los regalos de la familia, que llegan generalmente antes del almuerzo. Totito principia a comer caramelos.

Totito está ya preparado, listo, en guardia para la lucha, para la gran experiencia, para la estupenda batalla selectiva.

A Totito se le ha organizado un almuerzo con amiguitos y amiguitas, en el jardín, en mesitas separadas, con cocktailitos, bocaditos y butifarritas. Todo para niños. Totito se atraca.

Luego vienen los juegos en el jardín. Totito no se baja del columpio hasta que las náuseas y el frío de la garúa lo ponen trémulo y verde. Entonces, para que reaccione, uno de sus tíos, deportista, le dice que apueste carreras. Totito se pone violeta y chorrea sudor. Totito, para refrescarse, se toma un litro de fresco helado de fresas crudas, que se ha preparado tres días antes para el caso.

Totito aguanta.

A las cinco viene el cinema y se instalan dos secciones: el cuarto para la función de programa infantil sonoro y la gran mesa de dulces en el comedor. Estas dos secciones están separadas generalmente por un patio con el piso mojado.

En la habitación que se ha escogido para la función cinematográfica se instalan los niños en el suelo. Totito en primera fila, se pega al ecran. Las amas de todas las razas y olores se ubican en los quicios de las puertas y algunos miembros prominentes de la familia entran, salen, dan órdenes, apagan la luz, encienden la luz y llaman a las criaturas al comedor después de cada película.

De un lado tenemos el ruido encordecedor de una máquina parlante de teatro metida en un cuarto, los dibujos animados en colores, que se repiten sobre las narices de Totito con la vibración y el apuro de un motor enfurecido, el humo denso de fumadores curiosos, la picazón en los ojos, el olor "in crescendo" de las amas y la gritería rechinante y aguda de los niños.

De otro lado, la mesa de los dulces con cuatro mil voladorcitos, merenguitos, chocolatitos, empanaditas, yemecitas, cositas de Cañete, cositas de Santa Ana y rodeada de gente grande que siente por entre las piernas a los niños, que, con la boca a la altura de la mesa, engullen como si los dulces les cayeran solos, uno tras otro, sin parar. . .

Totito pasa y repasa del cinema al comedor, rojo, hirviendo, hinchado, con los ojos brillantes, con las orejas encendidas, con los pantaloncitos en la ingle y atravesando el patio mojado.

Totito aguanta.

Llegan las ocho de la noche. El operador de cinema ya no aguanta más. Ha pasado ocho cintas de dibujos animados, en colores, con ruido y a toda viada. Los niños hacen un último repase en el comedor y vuelven al mismo cuarto de la función cinematográfica donde ahora suena la hora infantil de la radio. Ahí se oyen las voces endebles y lastimosas de las criaturas cantando tangos llenos de dolor sensual y de pasión primitiva. Totito escucha religiosamente cómo la percanta sale del cabaret para ir al hospital, cómo la vieja del malevo se muere de pena en un conventillo y por qué la farabuta infiel apuñaleó a una mina en el bulín de un jovencito gomina.

Totito repite todos estos cantos a pedido de las amas.

Totito aguanta.

Son las nueve y media. Los amiguitos se van. Totito queda como inconsciente con sus juguetes regalados. Los quiere hacer funcionar todos al mismo tiempo mientras le dan su sopa. Totito ya no puede abrir la boca, no puede moverse, tiene cuarenta grados de fiebre, delira. Le echan dos litros de lavativa, le dan tres aspirinas, se retuerce en una convulsión y se queda dormido. . .

¡Victoria! ¡Totito ha amanecido! ¡Totito ha triunfado! ¡Totito es fuerte! ¡Totito aguanta! La selección artificial ha defendido a Totito para que perdure, para que la especie se conserve y seamos todos felices.


Del libro "Antología humorística". Lima, PEISA, 1973

domingo, 22 de marzo de 2015

Héctor Velarde: La Corriente del Niño


El agobiante calor y las inusuales lluvias de verano de los últimos días podrían presagiar la llegada del Fenómeno del Niño. Casi medio siglo atrás, Héctor Velarde escribía preocupado sobre el tema. Su preocupación sigue siendo válida y para ser tomada en cuenta, en especial con el clima actual:

LA CORRIENTE DEL NÑO

Héctor Velarde

La Corriente del Niño me tiene muy asustado. Si el holandés H.P. Berlage acierta en sus predicciones científicas la Corriente del Niño se desvía y caerán lluviones sobre Lima.

La alarma de que pueda llover la ha dado este humilde servidor en todos los tonos desde que nació a su tierra yunga. Nadie es profeta en su desierto y yo nunca me la di de brujo. Pero por más santos que tengamos a Dios le puede dar por el naipe de que llueva en cualquier momento y entonces sería la de agarrarse.

Una vez llovió un poquito más de lo necesario. Se pasaron todos los techos, se mojó hasta el sótano, se atoraron los desagües, se apagó la luz, el agua de los caños se volvió barro puro, se asentaron las paredes, murieron unos cuantos de resfrío, los mosquitos hicieron su agosto y la ciudad parecía derretirse poco a poco como un pan chato de azúcar de chancaca.

La quincha y la torta son contra remezón y fuego pero no contra agua fresca. Apagar un incendio a manguerazos en una casa de Lima es mucho peor que el incendio. Con unos cuantos baldes de agua generalmente todo termina en candelita de muladar. Los daños son casi mínimos.

Entonces, ¿qué hacer?

Limpiar los techos de Lima como primera precaución. Quitarles de encima todo lo que tienen: gallinas, arbolitos, colchones reventados, bacinicas de fierro aporcelano en desuso, cuartitos de totora o de pandereta, cuyes, palos, muchos palos, y, con frecuencia, toneladas de avisos luminosos.

Luego poner, por lo menos, más torta de guano y ladrillos pasteleros en las azoteas para que chupen al máximo el agua del cielo si es que uno no desea empaparse en la cama o proteger sus cositas de valor como muebles capitoné, alfombritas, la cómoda de mamá, la estereofónica, etc, etc. Esto en las casas comunes de Lima. En las flamantes construcciones de cemento armado se debe tratar de que el "roof" no se convierta en piscina criolla o en cascaditas del Iguazú.

Si ya las casas están cayendo trágica y tristemente solas, -una Lima que se cae. . .- ¿Cómo sería si, además, les cayera por añdidura un chaparrón como en la selva?

Algún distinguido diría: ¡solución providencial! ¿Pero las víctimas?

Es preferible adelantarse y demoler lo peligroso a pesar del inquilino con abogado y del propietario sin padrino. Pero cuidado, no vayamos, por principio o doctrina, a lanzarnos por tirar abajo, con higiénico y humanitario entusiasmo, casas venerables y bellas a título de que ya no pueden más. . . Ese es un peligro. Otro peligro es que para reemplazar esas casas venerables y bellas se hagan en su lugar edificios de estilo colonial. Porque como de lo que se trata es de conservar la tradición. . .

Propongamos lo siguiente para ayudar a Santa Rosa, a Santo Toribio de Mogrovejo, a San Francisco Solano y, posiblemente, muy pronto a Fray Martín de Porres. No hay duda de que el Perú es un país de santos. . .

1.- Obligar, aunque muchos no harán el menor caso, a que mejoren las azoteas de Lima preparándolas para posibles lluvias.

2.- Demoler las casas que ya están por caerse o avisarles a los inquilinos que duerman alertas.

3.- Hacer una lista de las casas y edificios arquitectónicos de la Lima de antaño que deben ser consolidados, restaurados, conservados, cuidados. . . Aquí un impuesto fuerte a las conservas extranjeras para culturizar al pueblo. Esas construcciones deben y pueden salvarse como se han salvado ya muchas y como se hace patrióticamente en otras partes. Versalles es de quincha francesa; sin caña de Guayaquil. Las vetustas casas de Ruán, de Hereford o de Hildesheim son también de quincha y tienen más de quinientos años; pero las cuidan. . . En esas casas corrientes del medioevo no han habido hechos históricos. ¡Pero que más historia que la historia del arte! El que pasa frente a una linda casa colonial o republicana nuestra, aunque sea muy humilde, le importa muy poco lo que habrá sucedido adentro. Lo que le interesa es la casa. Claro; se cuenta con gente que sienta y piense. Los americanos darían millones por tener la Quinta Heeren. . . Felizmente está lejos.

4.- No hacer arquitectura de blondas, fustanes, perillones, volutas y maripolas al lado de arquitecturas tradicionales auténticas pero tampoco clavarles a un costado novedades de tipo supermarket o grifo. El ser franco para un artista no implica que pierda la sensibilidad de lo que lo rodea. Se debe ser sincero con la época, con el tiempo, pero, sobre todo, con el espacio.

Ojalá la Corriente del Niño lo respete. . .

Del libro "Lima City". Lima, Editorial Universitaria S.A., 1970.

domingo, 22 de febrero de 2015

Héctor Velarde: "Lima Time"

"Todos, en el fondo, llevamos nuestro tiempo, nuestro ritmo". Frase de "Lima Time" que me hizo pensar sobre la impuntualidad limeña y mi dificultad para escribir con frecuencia. Y mientras encuentro mi propio tiempo y mi propio ritmo, dejo el texto completo de Héctor Velarde:

LIMA TIME

Héctor Velarde

El otro día me invitaron a un matrimonio que debía realizarse a las 12 m. Era la 1 p.m. y los novios no daban señales de vida. Principié a desesperarme cuando oí una voz que me dijo:

- Yo soy Einstein. En la duración está la calidad del fondo de las cosas como en la proporción está la calidad de la forma.

"Bonita frase", pensé.

Luego continuó la voz:

- Todos, en el fondo, llevamos nuestro tiempo, nuestro ritmo. Si tú y yo tenemos igual fondo coincidiremos en la hora, en el compás, en la duración. Tu llegarás a las once en punto y yo también. Pero si tú y yo, siendo personas excelentes, tenemos fondos distintos, si tú, por ejemplo eres andaluz y yo suizo, nuestros tiempos no coincidiran. Yo llegaré a las once en punto y tu llegarás a las once y cuarto; tarde para un suizo, pero bastante bien para un andaluz. Esto explica la clase de fondo de que tratamos. Sabemos lo que es, pero su definición se nos escapa. . .

- ¿Se habrán escapado los novios? -le pregunté.

- No, no -susurró la voz de Einstein-. Lo que pasa es que en esta mágica Lima donde el rubio tiene sus minutos, el moreno sus horas, el mulato sus semanas, el negro sus meses, el cholo sus años y el indio sus siglos, resulta dificilísimo que todos estén a las once en punto. Cada uno lleva en su eterno fondo su eterno ritmo, su periodicidad implacable a pesar de todos los relojes y de todos los apuros.

- ¡Pero ya es la una, señor Einstein!

-  Sí, pero ya tiene usted la clave de la hora limeña, de esa maravilla de adaptación, de acomodo, de amable, sonriente y melancólica manera de promediar el tiempo de todos. Se dice que la reunión es a las diez para que se reunan poco más o menos a las once y media. Unos llegan primeritos, otros después, y todos esperan, conversan, fuman y, al final, se funden en un solo momento... Están todos a la hora.

- ¡Yo me voy!

- Calma, calma, joven. Bailes, comidas, directores, juegos, bautismos, teatros y matrimonios tienen aquí siempre una iniciación prologada, amplia y suave que permite la exactitud limeña denominada por mí con la expresion L. T.

- Pero hay una excepción.

- ¿Cuál? -me preguntó una voz.

- Los entierros. El fenómeno es curioso, pero evidente. Los entierros salen siempre a la hora indicada, precisa, matemática. Toda la gente llega al mismo tiempo. Algunos se adelantan. Hay cierto apuro paradójico ante la eternidad. La carrera es inútil pero efectiva. ¿Será porque ya no hay nada que esperar?...

- Solución -replicó la voz-: L. T. es igual a cero. La muerte es la hora nula, fin de todos los ritmos y de todas las duraciones. En este caso, y solo en este caso, los limeños de diferentes fondos y formas coinciden, se igualan y se detienen en un mismo instante y en un mismo lugar. Es una pequeña concesión que le hacen a la cita de Dios. . .

- ¿Se habrán muerto los novios?

- Un poquito de paciencia. En la duración está la calidad del fondo de las cosas. El apuro es indecoroso. La precisión del minuto es límite sin trascendencia, sin más allá, sin gracia. La puntualidad puede ser práctica pero no tiene ninguna filosofía.

- Pero, señor Einstein, ¿y eso de que el tiempo es oro?

- Cosas  de monderos falsos. . .

De pronto rompió la orquesta con la marcha nupcial y los novios entraron a la iglesia. Estaban sonrientes, radiantes, felices. Pasaron junto a mí hacia una eternidad luminosa donde el oro nada tenía que ver con ellos.

La voz de Einstein había desaparecido.

Del libro "Antologia Humoristica". Ediciones PEISA, 1973.

domingo, 15 de febrero de 2015

Héctor Velarde: "Hamlet en Lima"

Héctor Velarde nos dejó esta sátira sobre las paradojas limeñas:

HAMLET EN LIMA

Héctor Velarde

Hamlet vino a Lima, agarró una calavera y dijo: ser o no ser e aquí la cuestión.

Ni caso.

Entonces Hamlet se sentó sobre la calavera y se puso a pensar: aquí parece que ser o no ser es exactamente lo mismo, esto sería el fin de mis angustias y de mis desvelos, ¡oh qué alivio!

Y Hamlet, como buen dinamarqués, principió a observarnos fría y detalladamente. Sacó su librito de apuntes y apuntó con el más puro estilo shakespereano:

•  Se pinte o no se pinte la fachada
   siempre está garabateada.
•  Nivel alto o nivel bajo
   es con el mismo badajo.
•  Se es cholo y blanco, chino y zambo,
   sin que sea de Malambo.
•  Marxismo y capitalismo
   no piensan sino en lo mismo.
•  Sin o con barridita
   aparece la tierrita.
•  Se es marqués republicano
   como cisne en el pantano.
•  Ser universitario
   justamente es lo contrario.
•  No llueva o llueva poquito
   siempre se está mojadito.
•  Sacas y metes la mano
   y te quedas tan ufano.
•  Línea blanca o línea dura
   son idéntica postura.
•  Es y no es una Mercedes
   la carcocha de Paredes.
•  Vivo no es, muerto sí es,
   o la cosa es al revés.
   (Entierro con música, coronazas, alabanzas y bustito)
•  Se es un caballerazo
   y también un gran vivazo.
•  El verano y el invierno
   no es ni cielo ni es infierno.
•  Se es de derecha siendo de izquierda
   y se es de izquierda siendo de derecha.
   "My goodness": esa es la mecha.
•  Se dice que sí y se dice que no,
   con abrazos rococó.
•  Ser frión o ser caliente
   Disgusta mucho a la gente.
•  Ser o no ser importante
   es una cuestión de aguante.
•  Puede o no existir camorra
   se termina en mazamorra.
•  Se restaura un monumento
   y sólo dura un momento.
•  Ser o no ser responsable
   siempre se está confortable.
•  Tener o no tener plata
   la bulla es siempre de lata.
•  Ser o no inteligentito
   a todos importa un pito.
•  Tenga o no tenga razón
   lo arregla una comisión.
•  Si la cosa es muy rotunda
   se le pone luego funda...

Hamlet se dió por satisfecho, agarró de nuevo la calavera y la embutió en un buzón del Jiron Cailloma que dice "Mantengamos la Ciudad Limpia", luego puso un OK al final de la última página de su librito de apuntes. Por último se fue cantando:

En el "to   be   or   not   to   be"
"la question" ya se acabó
y me voy con BVD
donde Shakespeare me mandó.
Lo eterno es provisional
y lo provisional eterno.
Sea Ud. pues racional
con la lógica hasta el perno...
¿A dónde está ahora Hamlet?
En el Barranco, feliz, viviendo con su cholita.

Del libro: "Lima City". Lima, Editorial Universitaria, 1970.

domingo, 8 de febrero de 2015

Hector Velarde: "El Fórum del Atraque"

El tráfico de Lima tiene larga data y ya preocupaba medio siglo atrás, como veremos en el siguiente artículo del Arq. Hector Velarde, con su característico tono crítico y satírico. Cualquier semejanza con la actualidad es pura coincidencia.

EL FÓRUM DEL ATRAQUE

Héctor Velarde

El forum del atraque, o sea del tránsito, es el  de mayor peligro para nuestra martirizada y calladita Lima. La quincha y el barro son materiales sufridos y sordos. Para solucionar el atraque, es decir para desatracarlo, todo lo que se nos ocurre técnicamente con estadísticas precisas y gráficos comparativos, es reventar a nuestra tres veces coronada villa. Abrirla como un queso con los sablazos de las grandes avenidas, necesarias, en extensas tajadas de paredes sueltas, trozos de corralones, pedazos de balcones, casas venerables desfondadas, conventos chuecos, iglesias mochas, placitas biscas y grifos, muchos grifos, rodeando alegremente monumentos y estatuas de héroes civiles y militares.

¡Oh, las avenidas!

Luego el gran programa dinámico y pujón de los edificios altos, muy altos, unos más altos que otros, de estilo sueco y con diferentes alineamientos para que se vean más bonitos, cada uno con su tremendo aviso en el techo como cresta monstruosamente amplificada de esqueleto de gallo estirado, y todo esto para ir al centro, para llegar al centro, sentado en un lujoso carrazo o en un folleque de muladar.

Pero, ¿a qué centro? ¿Donde estaría ese centro? Ah, ya, en el Palacio de Gobierno que quedaría como una islita intocable en medio de pampones con vereda y playas de estacionamiento. Perfecto.

Cada rasca-cielos, como chuparía y expelería aire y autos en proporción logarítmica con su número de pisos, exigiría, para que se luzca, un espacio vital de una cuadra a la redonda lo que traería, como consecuencia fatal, la destrucción franca o disimulada de todo o que se le acerque. ¿Y que es lo que se le acercaría? Lo poco que queda de nuestra pequeñita y tierna Lima de antaño. Lo único que queremos salvar y que todavía podría constituir el "centro" arqueológico de la ciudad.

Como el problema del tránsito no se solucionaría metiendo más autos en un centro minúsculo e inadecuado sino sacándolos de ese centro resulta que el sacrificio sería zonzo e inútil. Destruir por gusto el damerito de Pizarro a fuerza de bulldosers a chorro y en línea recta para tener la ilusión de alquilar un centro que desaparecería es casi una operación metafísica. Una paradoja. Anchar cañerías para que el agua se vaya a borbotones a otro centro... desconocido.

Para que no desaparezca el pedacito de la ciudad que amamos, porque, francamente, algún respeto le debemos a nuestros abuelos, nietos, historiadores de arte y turistas cultos, -la cultura esta en los huaquitos de abajo y en las callecitas de arriba- ¿por qué no se invierte la solución del problema?

La culpa no la tiene el número de autos inocentes ni las proporciones humildes y características de las calles centrales, no, la culpa la tiene la gente, el limeño mismo o el serrano que se limeñiza, y que es comodón, engreído, irrespetuoso, cunda, cabuleador, pero educado y fino. Para que no haya atraque todo lo que se necesita es evitarlo y para evitarlo se debe hacer lo siguiente:
  1. Que no se estacionen en las callecitas, como en su casa, señorones que suben a sus oficinas, niñas que compran cositas en las tiendas y dejan el carro al frente, choferes que leen el periódico, gente que baja y sube a conversar, jóvenes que andan despacito siguiendo a una peatona, etc. etc.
  2. Evitar el pare, siga, aguante y detente de los colectivos.
  3. Evitar el tamponeo definitivo de las callecitas por la elefantiasis de los tranvías y autobuses que dan vuelta abanicando las esquinas y espatando gente.
  4. Evitar la carga y descarga de camiones, carretas, basura, mudanzas y repartición de verduras en pleno día. Eso se hace de noche.
  5. Evitar los transeúntes bobos que se quedan parados en medio de la calle, las bicicletas culebreras y las motocicletas con su gorda atrás.
  6. Suprimir todas las flechas y señales blancas que apuntan para todos lados y los semáforos que pestañean y se contradicen con los piteos desesperados de los policías. Menos pito para que paren y más pito para que sigan. Ahora es todo lo contrario.
  7. Establecer callecitas sólo para peatones. Esto es lo que da tono al centro.
  8. Suprimir las playas de estacionamiento en las callecitas. Esto es lo peor. Banderita colorada, para, banderita colorada, siga, brinco de salida de un sótano, susto de peatones de entrada al túnel y luego más y más autos en la callecita atracada hasta el cien.
  9. Suprimir la venta de objetos, suertes y periódicos, perritos vivos y pomadas por las ventanillas de los autos.
  10. Suprimir las carcochas que se deshacen solas en las esquinas.
  11. Estacionar los autos fuera del damerito.
  12. Obligar a la gente que camine un poquito más... Como en cualquier otra ciudad que guarda su corazoncito.
Total; que los autos pasen, pasen, pasen, y aquí no ha pasado nada. La solución es baratísima. ¿No será que de puro barata no resulta?

En fin, yo no soy técnico, y de tránsito no sé sino sacar la mano para que no descuarticen a mi pobre Lima pequeñita y que, todavía, gusta tanto al extranjero aún subdesarrollado.

Del libro: "Lima City". Lima, Editorial Universitaria S.A., 1970.

lunes, 2 de febrero de 2015

Héctor Velarde: "Psicoanálisis de la ciudad"

Qué mejor forma de empezar la semana que leyendo a Héctor Velarde, notable arquitecto y escritor limeño, cuya visión satírica y crítica sobre la ciudad aún se mantiene vigente:

PSICOANÁLISIS DE LA CIUDAD 

Héctor Velarde  


La subconsciencia de una casa de Lima está en el techo mismo de esa casa. La subconsciencia de la ciudad entera está en todos sus techos. Es lo contrario de lo que pasa en los casos normales de psicoanálisis en general. Lo sub de la conciencia, debe estar sub, es decir abajo. Aquí, en Lima, está arriba. En los techos. En Londres, por ejemplo, ciudad tan seria, la subconsciencia está en los sótanos.Lo no consciente pero penetrado se hunde y duerme en la subconsciencia. Entre nosotros se tira al techo donde se ventila, se moja su poquito o se asolea.

Desde que se construye una casa, lo no pensado, lo oculto, lo reflejo, lo que parece no servir, innecesario o inaparente, va directamente al techo. Sobre todo lo sucio. Son grandes plataformas suspendidas y casi siempre inestables donde se acumulan en capas superpuestas toneladas de basura mezclada con objetos como retratos de familia, bacinicas, zapatos viejos, comoditas picadas y bicicletas rotas. Eso se combina con la vida misma de la subconsciencia que se hace presente por medio de pavos cantores, patos bañistas, cuyes asustadizos, gallinas ponedoras, perros bravos, gatos equilibristas, loras habladoras, cabritas quejumbrosas, plantas con flores, arbolitos en macetones y barriadas enteras de totora con braseros de carbón de palo y aparatos de televisión con novelas a todo meter.

Como entre la subconsciencia y la inconsciencia no hay sino un poco de torta o, a lo más, algunos ladrillos pasteleros y una que otra teatina, el fenómeno psicoanalítico socio-económico de los techos se enriquece con avisos luminosos más grandes que las casas, tanques de cilindro en batería o de concreto en cascada, casetas de ascensores como trampolines de piscinas olímpicas, chimeneas de todas las industrias, cuartos de servicio pero que son de alquiler, tenderetes napolitanos y playas de estacionamiento con rampa.

El problema de limpiar los techos de Lima es pues un problema de psiquiatras, psiquiatras municipales y urbanistas. Es de felicitarse que lo hayan encarado. Era lo indispensable descargar el peso de esas subconsciencias acumuladas en las alturas y darle más garantías a la población disminuyendo la presión de las inconsciencias explosivas, todo lo cual puede enterrar, dentro de poco, bajo una lluvia apocalíptica froidiana-capitalista, a la capital enferma. ¡Pero qué curación más delicada y difícil! En psicoanálisis se conocen las monstruosidades que afloran en la subconsciencia y las amenazas de la inconsciencia. La limpieza de los techos de Lima puede dejar en libertad esas monstruosidades y desatar la amenaza de lo irracional. La subconsciencia no tiene fondo y la inconsciencia no tiene contenido: las casas pueden quedar vacías y los sesos de la ciudad regados por las calles y confundidos con putrina de anchoveta. ¿La limpieza no podría, quién sabe, hacerse con helicópteros para no turbar demasiado la psiquis de los limeños cuyas azoteas son sus propios cerebros pero patas arriba?

Del libro: "Antología Humorística". Lima, Peisa, 1973